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VIERNES, 14-ENERO-2011

Historia de un Sereno

Saltonas y truchas… murciélagos y lobos.

Había caminado un buen rato para llegar a este lugar, un recodo del alto Torío solitario y agreste. Aquí el río, encajonado entre montañas, se estrecha y retuerce rompiéndose contra los peñascos. Un paraje donde el tiempo se detiene y los sentidos se agudizan para gozar de la belleza de este paraíso de aguas cristalinas y truchas salvajes. Situado en la orilla del río observo como el sol, en un espectáculo sorprendente, desaparece detrás de las montañas dejando paso a las sombras que se adueñan del momento. Espero tranquilamente a que el río me invite a lanzar. Ahora, mirando contra corriente, me divierto en buscar cebadas que una tras otra y a pocos metros de mí se suceden sin parar quebrando el paso del agua con sus minúsculas y circulares ondas. Los serenos de Julio son los mejores. Miro el aparejo y confío en el. Tres saltonas; la común, la sarnosa y la cascuda, un trico verde oliva de bailarina y sin rastro por que al sereno siempre me da problemas. El río es un bullicio, los lances tienen que ser cortos para no estropear el espectáculo. Impulso suavemente la cuerda a mi derecha y al tensar noto la primera picada que, aunque no la clavo, pone el reloj de la magia en marcha.

Quirópteros; esta denominación, para los que no somos muy entendidos en entomología acuática, nos invita a pensar que estamos hablando de insectos que se crían en el agua y que luego son aéreos comos los tricópteros. Pero, como bien sabéis, se trata de una orden de mamíferos que todos conocemos como murciélagos, únicos mamíferos voladores gracias a que unen sus dedos con grandes membranas que les hacen de alas. Tienen el oído tan fino que le funciona como un radar permitiéndoles recibir el rebote de sus chillidos en sus presas en pleno vuelo para, así, cazarlas.

Aproximo, en el lance, la boya a las salgueras y zas…una…dos, las sujeto un instante hasta que una de las truchas se suelta pero la otra viene a la mano presa en la sarnosa común. Al soltarla se quedó un instante desorientada, luego esprintó desapareciendo entre el bullir del agua. Los codales cortos me han librado, a buen seguro, de un lioso enredo. La tranquilidad del ambiente solo la interrumpen los insectos y los murciélagos. Unas moscas no las distingo pero otras sí, "por sus bailes las conoceréis", atrapo una que se aproximó y compruebo que en mi cuerda tengo la imitación, esto te da seguridad, avanzo unos metros y observo que a mi derecha, bajo una salguera que se besa por momentos con los vacilantes reflejos del agua, hay una cebada provocadora, sé de sobra que cuando falta luz debemos evitar esos lances arriesgados porque los enredos, a parte de asustar los peces, nos hacen perder un tiempo de pesca que es muy limitado. Así y todo lanzo, y aunque me quedo corto tengo una picada importante, en el sereno si te mantienes tranquilo te pican hasta a los pies. Afino la puntería y lanzo hacía allí de nuevo…la boya vuela…vuela un poco larga y aunque cae al agua la mitad de los mosquitos quedan enredados en la salguera, doy un tirón y nada, otro y no se suelta, mal empezamos. Me acerco a la orilla y con paciencia la desengancho.

Todo pescador de sereno bien conoce las andanzas de los murciélagos; sus vuelos acrobáticos, sus pasadas interminables, sus roces en la tanza y alguna que otra vez sus picadas inoportunas que nos pueden hacer perder un buen sereno. Tienen, a esas horas del anochecer, el mismo gusto que las truchas; tricópteros, efímeras y demás insectos.
Aquí, en León, te los puedes encontrar en cualquier río pero por donde más pululan es en el Bernesga, Torío y Curueño. Esto, como todos sabéis, es por la influencia de la Reserva de la Biosfera de Los Argüellos, que comprende los municipios de Vegacervera, Cármenes y Valdelugeros. En este paraje tan bello y singular existen, a parte de muchos manantiales y ríos, infinidad de cuevas, grietas y oquedades que a parte de su gran biodiversidad son el habita perfecta para 17 especies de murciélagos de las 29 que hay en todo la Península.

Avanzo aguas arriba ayudado por mi bastón y observo que a mi derecha, a pocos metros, hay varias cebadas continuas. Lanzo con la seguridad de que voy a tener picada…lanzo, lanzo suave y nada, la tanza no sale…está enredada en el puntal, deslía y deslía pero nada que no hay manera, corto y listo, ahora no se puede perder ni un minuto. Ato otra cuerda de similares características y compruebo que todo está correcto. Por momentos me siento observado, sensaciones raras y aromas fuertes me acompañan. El momento es fascinante, la serenidad del ambiente y la oscuridad ya reinante te invitan a gozar, olvidados los enredos me dispongo a pescar, ahora a penas veo mosquitos pero las cebadas son continuas y los murciélagos no descansan en su deambular, es el momento, volví a pensar. Se desliza suavemente el sedal por las anillas y la cuerda vuela hacía su destino. Esperaba que la boya se posara en la superficie sombría del agua para tensar con suavidad pero percibo un fuerte tirón e instintivamente clavo, algo revolotea sin sentido por todas partes y cae al agua con estrépito. Había pillado un murciélago con el aparejo. Recogí un poco de tanza y comprobé que el animalito estaba enganchado por dos anzuelos que le apresaban. Cuando se cansó de aletear quedo colgado de la boca y la cascuda le asomaba entre los dientes. Parecía un ratón con alas. Manos a la obra, cojo la pequeña linterna que siempre me acompaña en los serenos y le desengancho el mosquito que le prendía una pata. Al verse libre de alas preparó una escandalera que no cesó hasta que rompió el codal y marchó con el piercing en la boca. La linterna, con el ajetreo, se fue al agua…corriente abajo la veo rodar y mitigarse hasta desaparecer.

Entre unas cosas y otras el tiempo se fue, y como si bajara del monte apareció la noche sellando el horizonte con su oscuridad. Miré el río y todo era una sombra. Algo se mueve en la penumbra, llegan ruidos del monte y de la ribera, es la hora en que las bestias se desperezan. Recojo la caña y sin perder la orientación salgo del río y me voy entre la ribera y el monte, sendero angosto y emboscado.
Huele a lobo…no es un territorio de lobos pero tampoco deja de serlo, pueden aparecer en cualquier punto de este agreste paraje, que por algo estamos en la provincia de más asentamientos de la península, con unos cuatro individuos por cada cien Kilómetros cuadrados. Ya no hay nieve en las montañas que les echen de sus madrigueras, pero hoy todo es posible, las alimañas están presentes, las intuyo por entre las salgueras y zarzales, armado con mi bastón me siento seguro, a lo lejos ladra un perro.

No soy un gran experto en lobos pero conozco bien sus andanzas y costumbres. Aunque es capaz de oler el miedo y la subida de adrenalina en una persona, el lobo a los hombres los respeta, les huye y son excepciones las veces que se ha enfrentado a ellos. Cuando persigue a sus presas lo hace amedrentándolas poco a poco, hasta que el pánico se apodera de ellas, sabe que así son más débiles, luego si a lugar las ataca y mata. Hay noches que parecen hechas solo para ellos. También se que sus armas letales son sus largos y puntiagudos caninos, además tienen el cerebro altamente desarrollado por lo que se le considera más astuto que la mayoría de los animales predadores. Los lobos suelen andar en manadas pero curiosamente cuando vagan solitarios son más peligrosos para el hombre.
Tenía que haber salido del río antes de que se cerrara la noche. Oigo mil ruidos, me paro a escuchar y solo los grillos se empeñan en poner música de fondo a mi recelo. Entre el rumor del agua y los susurros de la noche algo se oculta, estoy seguro. Siento temor de que seres desconocidos y terribles me estén observando por todas partes. Respiro profundamente y ahora si noto un olor fuerte, salvaje, un olor que me produce desasosiego. Paso la mano por la frente y la siento helada. Los murciélagos ajenos a mi desazón siguen con su quehacer interminable, las truchas seguro que también. Aprieto el paso y llego por fin al camino que va encajonado por muros de piedras que delimitan los prados, me acerco a la civilización, los rayos de la luna se cuelan entre los chopos proyectando por el camino adelante sombras enmascaradas que me inquietan. Sigo la marcha bajo esta presión que me desconcentra pero al poco tiempo percibo que al otro lado del muro algo me sigue, es el lobo, es el lobo que esta empeñado en acecharme, cuando me paro siento que el lobo, que es un buen estratega, también se para. La marcha del lobo sobre la hojarasca es estremecedora pero sus paradas más. Ahora puedo percibir su aliento allí mismo, a mi lado, parece que intente acorralarme. Le hablo procurando poner fuerza en la voz; - ¡Fuera lobo, fuera! ¡Fuera, largo, lobo, largo! Al mismo tiempo golpeo el bastón contra las piedras.
El lobo jamás ataca a destiempo, sabe esperar. Es un animal en el que la resistencia es más importante que la potencia. Por ello usa la táctica del agotamiento, acosando a la presa y siguiéndola hasta que su caza es posible. Esto, todo esto, lo se pero no mejora en nada mi situación. El lobo sigue por la vereda, pero por el otro lado, tapado y protegido por el muro. Solo quedan unos metros para el cruce de caminos luego enseguida está el coche y la tranquilidad. En el cruce del camino donde ya no hay muro, repentinamente, se me presenta el lobo amenazador. El primitivo lobo es tan desafiante como uno se pueda imaginar, en las distancias cortas acobarda al más valiente. Se que el fuego es una buena defensa contra los lobos, pero no llevo con que prender. Ahora echo en falta la linterna que se perdió corriente abajo.

De nuevo encomiendo a mi fuerte voz la defensa, gritándole todas las palabras que se me ocurren, hasta llegar a un vocabulario más basto y blasfemo, amenazándolo al mismo tiempo con el bastón no le pierdo la cara y confío en que desista y se vaya. Yo solo quiero eso, que se vaya. El lobo ni se inmuta, ni se mueve, parece incluso que ni respire. Los segundos se hacen eternos, sé que tengo que hacer algo pero sereno y sin retrocesos. Me agacho lentamente, cojo una piedra y se la lanzo con todas mis fuerzas, golpea fuertemente a su lado levantando arena y polvo, el lobo retrocede unos metros y se presenta de nuevo temerariamente. De los hombres es errar y de las bestias porfiar. Hay unos momentos de tiento, de medida, de miradas fijas. Es a él a quien ahora le toca mover ficha. La luna alumbra tenuemente el camino y al lobo, que ahora en posición de ataque gruñe, gruñe ronco, tiene las orejas tiesas y el pelo erizado, temo flaquear, el lobo bufa que espanta, pequeños escalofríos recorren mi cuerpo, desesperadamente busco no se que en los bolsos del chaleco, acierto con la cámara de fotos y por momentos no se que hacer, dando un paso adelante le grito con firme voz; ¡fuera lobo, fuera! ¡fuera lobo, vete ya!. Le disparo fotos sin parar…sorprendentemente y motivado por el relampagueo del flash retrocede y deja de gruñir. Ya veo el coche que charolado por la luna aparece como mi única salvación. El lobo se sitúa en medio de los dos como sabiendo que ese fuera mi único escape. Espera olfatear mi desmayo. Instinto contra ingenio. El mundo se detiene para los dos, los corazones laten agitados. Ya no oigo al perro ladrar.

Aquí no hay río ni truchas, ni mosca ni murciélagos, ahora no hay nada más que un desafió mortal entre un hombre y un animal. En un instante todo podía acabar, todo iba a terminar. Trato de serenarme y me hago fuerte por que se que esto de momento le detendrá. No está seguro de tenerme vencido. Quiero pensar que solo me está echando un pulso. Busco de nuevo por los mil bolsos y encuentro las llaves del coche. El lobo, mirándome de soslayo, se sitúa pegado al lado izquierdo del camino como dejándome sitio para pasar, está esperando su ocasión para atacar. Entre los fogonazos del flas sus ojos irradian fiereza, olfatea raro y sigue retrocediendo hasta quedar a pocos metros del coche…me siento más seguro y él lo sabe. Cuando más deprisa disparo la cámara más se inquieta, de repente se me ocurre accionar el mando a distancia para abrir el coche, entre el sonido y las luces de apertura se espanta y desaparece en la oscuridad. Despacio, desconfiando de que me haga alguna fullería, camino hacia el coche sin perder la cara…entro en el con vadeador, caña, bastón y una inmensa alegría, nunca en mi vida había deseado tanto entrar en un coche. La suerte suele actuar de manera misteriosa…sin los destellos luminosos tal vez esto nunca se hubiera contado así. Pongo la marcha atrás para maniobrar y por el espejo retrovisor allí le veo, plantado en medio del camino, osado y desafiante…aceleré ya sobre la primera y me fui.

En el firmamento, alejados de la luna, hacecillos de lucidoras estrellas brillan sin parar.
A lo lejos auuuu…aauuuu…aúlla un lobo.

Hay noches que parecen hechas solo para ellos.


Rodrigo Prado Núñez (Lachis)
Vicepresidente de la Asociación Pescaleón

Página visualizada el Domingo, 09 de Mayo de 2021 a las 19:07:28
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