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JUEVES, 22-MAYO-2008

En mis primeros tiempos

Nunca después me encontré con una situación parecida. Hastiado por no pescar nada, te sientas y sacas dieciocho truchas sin interrupción. Hablamos de mediados del siglo XX.

FirmaOrdoño Llamas Gil LugarLeón

Mi padre no era pescador, pero le alegraba que su hijo lo fuera, además de gustarle saborear las truchas en el plato. Al principio el resultado de mis pescas era poco abundante, por lo que en una ocasión fuimos a ver a un amigo suyo que vivía en Palazuelo de Boñar, un domingo. Llegamos a su casa y, después de los saludos de rigor, nos llevó hasta un lugar en la orilla derecha del Porma, por encima del puente, donde existía un buen pozo. «Tu vete preparando la caña y la cesta», me dijo, y mientras lo decía iba desnudándose hasta quedarse en taparrabos, tirándose acto seguido al agua buceando hacia lo profundo. Cada inmersión producía dos o tres truchas, que sacaba en las manos y en la boca. Mientras, yo decoraba el paisaje con mi caña, mi corcho rojo y mi aparejo, esperando el milagro. Al poco tiempo ya habíamos llenado mi cesta de mimbre, previamente acolchada con espadañas, por lo que dejamos de pescar y nos fuimos hacia el pueblo. Cuando llegó la hora de regresar en el tren del hullero nos encontramos con todos los habituales de los domingos, entre ellos a Jacinto Mena, conocido en todo el panorama de pescadores por su socarronería. «Coño, Modesto, ¿has venido a pescar con tu hijo? ¿Qué tal se os ha dado?» Mi padre, no sé si por presumir, me insistió en que les enseñase lo que yo había pescado, y cuando vieron la cesta llena no pudieron menos que soltar una sonora carcajada, con el correspondiente eco de comentarios que recorrió todo el tren.

Boñar

Poco tiempo después, cuando todavía éramos adolescentes y nos desplazábamos a pescar en el tren del hullero, un buen día nos apeamos en la estación de Boñar varios chavales, entre los que se encontraban Mundo (Andarríos), Yayo, Perico, Bernardo y alguno más que ahora no recuerdo. Solíamos pescar siempre hacia el norte, provistos de nuestras cañas de escoba o bambú, de cinco a siete metros de largas, sin carrete, y con la correspondiente provisión en la lombricera. Aún no se comercializaban en España los carretes de lance ligero y tampoco los devones y las cucharillas. Las botas altas todavía eran un lujo.

Iniciamos el recorrido hacia el norte, por encima de Boñar, pasando por el sanatorio antituberculoso y subiendo por encima del puente viejo de la carretera, para llegar pescando hasta cerca de Cerecedo, a los farallones que ha excavado el río contra la ladera de la margen izquierda, donde se forman unos pozos muy profundos, y que al mayor de ellos se le llamaba el pozo Mateo. Este pozo tenía fama de albergar a los mayores ejemplares de trucha de todo el río Porma, y era bien cierto, pues se podían ver desde el ribazo de la orilla derecha truchas desde 60 cm. a un metro de largas, a las que las pasabas la lombriz por encima del lomo y lo único que hacían era una ligera contorsión para quitarse la molestia. Fue después el pozo de donde se extrajeron varias truchas para exponerlas en un acuario en la Diputación, con ocasión de la visita del dictador Franco a nuestra ciudad.

Una vez hecho el recorrido hasta este lugar y sus cercanías, nos volvíamos de regreso hacia Boñar, pescando, con el tiempo suficiente para poder coger el tren de regreso a León. Pues bien, este día, como no conseguía que me picasen decidí volver con bastante tiempo de anticipación, y cuando llegué al puente del sanatorio antituberculoso, cansado, me senté por debajo en la orilla izquierda y me dispuse a dar cuenta de la merienda que, además, era tan singular como extraña para ir de pesca. Me explico: llevaba dentro de la cesta un pequeño pucherito que usaba mi madre para cocer infusiones, lleno de espaguetis finos condimentados con tomate, chorizo, etc. y un tenedor pequeño para comerlos. El motivo era que en aquel momento no quedaba pan para hacer un bocadillo, y a mi querida madre no se le ocurrió otra cosa que hacerme un puchero de espaguetis, lo que dio lugar a tener que soportar diversas manifestaciones de socarronería por parte de mis compañeros. Concluida la ingestión me dispuse a pasar el rato allí sentado pescando escallos, pero... había observado que hacía ya algunos minutos que el agua discurría algo entoldada, probablemente debido a los residuos de riegos que se llevaban a cabo en una huerta o tierra de labor por encima del puente. Comencé a lanzar mi aparejo en aquel remanso de agua canosa y cuál no sería mi sorpresa al comprobar que me picaban nada más tirar, y que no se trataba de escallos, sino de truchas de algo más de la talla. Una tras otra fui sacando hasta 18 truchas, momento en el que aparecieron en lo alto de puente mis compañeros, y en el que ya se me habían agotado las existencias de lombrices. Bajaron todos con rapidez y cuando les pedí lombrices, a todos se les habían acabado, excepto a Yayo, a quien sólo le quedaban media docena y prefirió gastarlas él. Nunca después me encontré con una situación parecida, donde hastiado por no pescar, te sientas y sacas dieciocho truchas sin interrupción. Hablamos de mediados del siglo XX.

El escaparate de Palazuelo

Se trata de la misma zona del río Porma. En la actualidad, el afán por demostrar que la conservación de la trucha fario, sobre todo en los acotados, es un trabajo que se está consiguiendo con el tratamiento y las medidas adoptadas por Icona, nos lleva a contemplar situaciones de márketing publicitario aparentemente normales. Es el caso de la presa que pasa por debajo del puente de Palazuelo de Boñar, paralela al río, en donde todos estos años hemos podido contemplar numerosos ejemplares de trucha deambulando entre sus aguas. El espectáculo es agradable y prometedor, y puede inclinar a pensar que en ese acotado la densidad de población es similar a la que se muestra en la presa. Nada más lejos de la realidad, ya que he padecido en mis propias carnes la decepción que supone el tener un permiso del mismo y no ser capaz de conseguir, no el cupo, ni siquiera más de una picada. Además, si te colocas en lugar apropiado para observar las evoluciones de las truchas en alguna tabla o pozo, sentirás también la decepción de no poder ver prácticamente ninguna. ¿Qué significado tiene esto? Actualmente este puente está inutilizado para los vehículos, que han sido desviados del pueblo por un puente nuevo y el bar está cerrado, por lo que ya no sirve como escaparate y no se ven apenas truchas.


Fuente: www.diariodeleon.com · © El Diario de León, S.A.

Origen: http://www.diariodeleon.es/hemeroteca/imprimir_noticia.jsp?CAT=105&TEXTO=6839852


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